Me ha sorprendido mi joven
hermano periodista con la afirmación que dio motivó a esta nota. Conviene esbozar
los antecedentes. He luchado desde siempre mi amor por la escritura en el
entorno familiar. De ahí, mi hermano encontró el periodismo y lo hizo su
profesión.
He acompañado su relación con la escritura toda la
vida. Si uno no comparte sus secretos de oficio con su hermano, de qué le vale
habérselos ganado a pulso a la vida. Naturalmente, se trata de una guía sutil
pero permanente; de esa experiencia vital surgen dos de mis principales
habilidades, mis servicios más preciados: mi laboratorio de escrituras
científicas –un sistema de experimentos que diseñé para guiar a las personas
que investigan en su proceso de apropiación del oficio de la escritura
adecuándolo a las necesidades específicas de sus proyectos científicos– y mi
apasionada corrección de estilo. Con el tiempo, mi hermano ha ido identificando
sus temas, sus ritmos, sus temores, sus demonios, sus propios gajes del oficio.
La corrección de estilo es uno de esos oficios en los
que el nombre se va sedimentando por el favor del “voz a voz”. Pero, al notar
que son muy pocos los casos en los que él se ha prestado a que mi nombre
circule por los nodos de su red y tomando en cuenta la manera desmedida en la que
me expresaba su gratitud por la última corrección de estilo que realicé para
él, me decidí a inquirirlo: “¿Por qué no le comenta a sus amigos de mis
servicios?; convendría que comente con ellos los beneficios que ha obtenido de
tenerme por su hermano”.
Entonces vino mi sorpresa. De la expresión desmedida
de gratitud, pasó a comentarme, en un tono muy confidencial, íntimo, en voz
bien baja: “lo que pasa es que a mí me daría pena contar que lo que escribo,
siendo yo un periodista, necesita de corrección de estilo”. Admito que sentí
dolor de cabeza, algo de enojo, algo de tristeza. Pero preferí hacer una pausa
en la conversación y reflexionar sobre todas las implicaciones que se
desprendían de la confesión sincera de mi hermano.
Siempre que leo los textos en los que unas personas se
abrogan la potestad de reclamar a otros por la calidad de la escritura,
reconozco que tal situación discursiva no contribuye ni a un diagnóstico del
problema, ni aporta a su solución. Por demás, generalmente esas diatribas
carecen de elegancia. ¿Qué utilidad tiene escribir esos análisis fallidos, que
concluyen que menos del 5% de los colombianos saben escribir? El único
beneficiado es quien escribe ese análisis, ya que, de fondo, hacerlo le permite
situarse en la élite que de ahí resulta. No hay más valor ahí. Más allá, su
valor es negativo, porque genera ese malentendido que mi hermano me hizo ver
que está presente en él y en muchos de quienes contratan ese servicio bajo una
actitud solapada y medio vergonzante.
A diferencia de tal tipo de analista, el corrector de
estilo no es alguien que hace alarde de su conocimiento del oficio, sino
alguien que lo pone al servicio de la gente que escribe; esas personas que un
poco a tientas transitan la escritura. La escritura es un territorio existencial
que siempre se transita un poco a tientas; y entre más se conoce el territorio
más vasto y vertiginoso resulta. Por eso los correctores de estilo sabemos que
el mejor autor no es el que no necesita corrector de estilo, sino el que más
valora su función imprescindible.
Dar el texto a la fase de corrección de estilo antes
de publicarlo es un gesto amable con el lector, es renunciar un poco al
narcisismo; es comprender que la escritura es una forma muy civilizada de
entrar en diálogo con otros. No basta con sacar de sí, no se trata simplemente
de evacuar ideas en el papel cuya blancura evoca el performance de Duchamp;
escribir es entregar, es darse, es donar lo mejor de sí. La corrección de
estilo es un proceso que enfatiza la frase completa: “lo mejor de sí”.
Mi hermano hablaba de ser autónomo. Confundía
“autonomía” con “narcicismo”. Un escritor es autónomo cuando ha comprendido que
en su industria los productos atraviesan determinadas etapas. La intuición, la
elaboración de la intuición, la primera redacción de un tono altamente
expresivo, la fase neta de escritura (ajustar aquí y allí, depurar la
tornillería, suavizar la estructura, administrar el sistema de señales).
Entonces el texto está listo para ir a corrección de estilo.
El corrector acaricia la pieza e identifica zonas
carrasposas, depresiones, detalles de proporción; lija un poco aquí, pule allá,
ayuda a ver lo que el autor, tan compenetrado ya con su texto, jamás podría
percibir. ¿Qué creerá mi hermano que es ser un actor autónomo?, ¿o la autonomía
de un conductor de la fórmula 1? Las personas que arañan la escritura necesitan
entender que la escritura es diálogo; es decir, sucede en relación con otros,
con muchos otros...
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