Conocí al profesor A.
porque recibí un mensaje suyo a través de una red social diseñada para
facilitar intercambios laborales. Es la única experiencia de trabajo que he
desarrollado a partir de ese medio. Le gustó mi servicio sui generis: un
sistema de experimentos diseñado para ayudar a que los investigadores
incorporen la escritura a la cotidianidad de sus labores.
El profesor A. es un
personaje singular. Enseña en una universidad de una ciudad intermedia del
país. No tengo idea como llegó ahí, pero sé que no es precisamente por su
naturaleza; sin embargo, me han llegado noticias superficiales de cierto
aprecio de parte algunos de sus alumnos. Según entiendo el hombre es hijo de
algún comerciante exitoso; pero, por los avatares de la relación entre Uribe y
Chaves, de un día a otro toda la fortuna familiar se esfumó. Si hay maneras de
tenerlo todo un día y al siguiente haberlo perdido, creo que este es un ejemplo
de los más brutales: no se necesita una avalancha, o un terremoto, o una toma
guerrillera… una determinación política puede ser más brutal que la naturaleza
misma.
El profesor A. me
escribió pidiéndome ayuda. “Necesito escribir un artículo científico y creo que
usted podría colaborarme”, fue lo que me comentó cuando decidí responder con
una llamada a su mensaje escrito. He ayudado a muchas personas a enfrentar los
obstáculos que les impiden llevar a la escritura los conocimientos que
desarrollan; he realizado esta función por muchos años. Le propuse que nos
encontráramos para precisar lo que él necesitaba.
Nos reunimos en la
cafetería de la universidad en la que estudia un doctorado en ciencias
sociales. En ese momento aún no había entrado en la etapa en la que se es
reconocido como candidato a doctor. Su plan es crear un centro de
investigaciones o un instituto en la universidad de la que es profesor. Uno
percibe cómo su inconsciente lo mueve a entender ese momento nefasto en el que
pasó de ser el hijo de un hombre exitoso a ser el responsable circunstancial de
la quiebra de su familia, sin que haya siquiera la posibilidad de narrar nada.
Me conmovió su
historia. Sin embargo, la solicitud específica de servicio que me planteó no
era acorde en nada con mi modelo de negocio. Resultaba más acorde con la
actividad a la que se han dedicado dos personas allegadas: el cliente paga
equis suma y a cambio recibe una tesis, una monografía, un ensayo para cierta
materia o un artículo publicable bajo indicaciones básicas de tema y fuentes a
referenciar. Este no es el servicio que a mí me interesa ofrecer. Me gusta más
la idea de acompañar al otro en un proceso a través del cual llegue a comprender
lo que ni el colegio, ni la universidad le han mostrado: la escritura. Una vez
lo logre, podrá aportar su conocimiento con autonomía.
Cuando yo digo
escritura pienso en Roland Barthes, pienso en Lacan: pienso en la letra como
materia creativa. Diferencio escribir de redactar. En la redacción el lenguaje
es un instrumento que la persona usa para un fin externo; por lo general, los
cursos que ofrecen los centros de lenguaje se dirigen al problema de la
redacción. En la escritura, el conocimiento de quien escribe toma forma y la
forma del conocimiento es la finalidad de escribir; que el conocimiento
adquiera la forma que le es inherente. En la medida en que la persona toma
conciencia de esta diferencia, sus productos escritos van cambiando, se van
enriqueciendo, la persona se involucra más con su palabra y los obstáculos que
restan eficacia a la relación entre lo que se piensa y lo que se escribe
empiezan a ceder, a quedar atrás.
El profesor A, siendo
economista, más por la herencia identitaria de “hombre de negocios” que por
haber cursado y aprobado los cursos de cierto pregrado, sí que encuentra un
sentido instrumental en el lenguaje. Al punto que no siente ningún tipo de
necesidad de ser él quien escribe, ni quien lee… Él contrata a los
especialistas para que lo hagan; se aprovecha del ego del intelectual, lo
estimula, pareciera mostrarse humilde ante el experto intelectual, pero en
cualquier momento le suelta a uno la clásica: “yo soy una persona de
resultados; yo no me distraigo en pendejadas”.
Le sugerí ponerse en
contacto con los conocidos míos que encajan perfectamente con su lógica. Pero
no quiso. Insistió en que trabajaría conmigo. Me prometió un lugar
significativo en su proyecto de creación de un grupo, de un instituto o de un
centro de consultorías: el cielo del negocio de las investigaciones… No me
convenció, obviamente. Pero me preocupa mucho lo que representa esta
personalidad para la producción de conocimiento en el país.
Por esos mismos días
rondaron mi mundo dos situaciones allegadas a esta: un instituto, en el que trabajé
antes como corrector de estilo, decidió formalizar una publicación seriada con
el fin de sumar puntos ante Colciencias. Me llamaron para que apoyara con la
corrección de estilo. El desarrollo del proyecto estaba en manos de una
periodista y un bibliotecólogo: expertos en hacer indexar revistas. Gente de
negocios, no cabe duda. Yo no estuve de acuerdo con obligar a que los artículos
que se publicarían en la revista obedecieran el estilo de las normas APA. Por
una razón muy sencilla: el campo de conocimiento en el que se inscribía la
publicación era más acorde con otro estilo normativo y el estilo APA generaría
restricciones a productos de investigación que serían más importantes para el
campo que aquellos que se adecuaran a la normativa APA. Renuncié, yo había
soñado esa revista para canalizar conocimientos valiosos; el Instituto sólo
quería sumar ante Colciencias y APA ha mostrado ser el sistema mejor apreciado
en los sistemas de puntuación. Una vez más, en razón de mis valores, me resistí
a participar de ese tipo de operación. A mi juicio, entre más exitosa sea,
mayor consideraré su fracaso.
Luego de eso vino
todo el conflicto entre Colciencias y los humanistas. Pensé que mi choque con
la revista pasaba de lo anecdótico, personal, a los histórico y político. Pocas
semanas necesité para entender que el movimiento social era regulado para
facilitar aún más ese proceso de alienación de la producción de conocimiento.
La inconformidad de muchos es solo una oportunidad de mercado académico: abre
una línea editorial y un mercado para ella. Un motivo publicitario favorable a
la puesta en circulación de nuevos doctorados, pero advertidos de que ya no
dispondrán de becas para hacerlos. De este modo, producir conocimiento no es
algo que te permita vivir; es un privilegio por el que debes pagar.
El profesor A volvió
a insistir. Decidí asumir su caso como un experimento. Esta crónica es el
reporte de la investigación sustentada en ese experimento. Esta fue mi
propuesta: págueme por tres horas de trabajo a la semana durante ocho semanas;
y veremos qué logramos sacar de ahí, pero debemos trabajar en equipo. Me mostró
la lista de temas que ha compilado a través de sus materias en el doctorado. De
este menú, elegí un motivo allegado a mis intereses académicos. Me contó que de
ese campo tenía un artículo en el que había trabajado una persona que le había
cobrado un montón de plata y que de nada había servido porque en ninguna parte
se lo habían publicado. Le di una mirada y le confirmé que no servía para nada;
reorienté el título según mis intereses y lo sometí a su aprobación. Aceptó sin
comentarios. Empecé a acopiar información necesaria para mi tema y dar una
orientación metodológica. Le sugerí lecturas, para que pudiéramos sostener
discusiones formales, lo animé a pensarse parte de un grupo de investigación… Lo
suyo, decía, era ocuparse de la institucionalización del grupo… las
“actividades directivas”, decía, “usted sabe”…
A las tres o cuatro
semanas me di cuenta de que la investigación era mía, de que el artículo era
mío, y de que estaba metido en un negocio del tipo al que acostumbraban a
dedicarse mis amigos. ¿Podía devolverle el dinero, acudiendo al argumento de
que no estaba cumpliendo con lo pactado? Claro; posiblemente ese sería el
camino más adecuado. No obstante, mi experimento empezaba a dar resultados
interesantes. El proceder y la mentalidad del profesor A. no son cosa inusual.
Muchos directores de investigación se limitan a hacer lo que el profesor A.
llama “actividades directivas”. Seguí adelante, como quien apuesta sin pensar
en si ganará o no la partida.
Tomada la decisión
surgieron dos vetas de valor que sí que justificaban avanzar: primero, el
desarrollo del proyecto me llevaba a aprender sobre temas importantes para mi
profesión y mis intereses académicos y políticos; y segundo, sin la tal
“actividad directiva” los resultados de mi investigación quedarían relegados a
la gaveta. Porque no es una investigación prioritaria en mi proyecto personal,
ni siquiera ameritaría crear un blog para ella. Una nueva variable de análisis
se abrió en mi experimento. Eso que el profesor A. llama actividad directiva, en
realidad es secretarial, burocrática. Me da pereza dedicar mi tiempo a eso.
Seguí adelante con la
investigación; pero el modo de proceder debió ser reelaborado. Mi idea de las
tres horas semanales de asesoría en el proceso de escritura que debía emprender
el profesor A, candidato a doctor, futuro director de un prestigioso centro de
investigaciones quedó reducida a cero. Mientras que, bajo la mentalidad
empresarial del profesor A. quien enseña que los directores son personas de
resultados, y no escritores románticos, yo me había convertido en un proveedor
incumplido: porque pasados dos meses (24 horas de trabajo) no le había
entregado el producto prometido: un artículo publicable.
Me tomó tiempo
entender. Me di a la tarea de realizar un artículo sobre un tema auxiliar para
mí, pero necesario, útil. Me tomó un año más realizar esta investigación que
realicé por hobbie. Una versión extensa del artículo quedó terminada a los diez
meses, durante los cuales dediqué buena parte de mi tiempo libre. El profesor
A. quería persuadirme de mil maneras de que le entregara ¡ya! el artículo, pero
no estaba dispuesto a contratar mi servicio de investigador. Su argumento era
que yo le había incumplido y que él me había pagado. Aun hoy día afirma que él
“sí tiene palabra”. Yo no le respondo que si algo de palabra tiene no será
palara escrita, ni tampoco leída.
Pensé que, como parte
de sus actividades directivas, él contaba con una lista de profesionales de la
traducción. Me presentó a un joven que se dedica a traducir facturas y pequeños
documentos de géneros mercantiles. Era evidente que el profesor A no dispone de
criterios para diferenciar el texto que resulta de una investigación, de otro
mediante el que una persona identifica los pasos a seguir para armar un
escritorio modular. Rápidamente me puse en contacto con una traductora adecuada
al asunto. Le advertí que para que el texto tuviera un buen acabado
necesitábamos de un corrector de estilo adecuado. Le mandó el texto a una
bibliotecóloga cuyas opiniones lamentablemente no aportaron nada al texto;
claramente su lectura no estaba enfocada en las necesidades de corrección de
estilo que el texto tenía. Uno como autor presiente la necesidad del corrector
de estilo, pero yo, que me he dedicado a la corrección de estilo por décadas,
sé que jamás el autor podrá hacerse corrección de estilo a sí mismo. Busqué el
corrector adecuado…
En diálogo con el
corrector, finalmente identifiqué posibilidades de optimizar el artículo: temas
de más, frases confusas, etcétera. Lo habitual.
Terminado el texto,
el profesor A. consideró adecuado discutir el orden de aparición de los
autores. A mí todavía me da curiosidad… ¿cómo es que una persona atraviesa la
academia entera con una mirada como esa? Pero lo que más me inquieta es que me
queda la sensación de que la estructura académica general del país está
diseñada para que este tipo de dinámica sea corriente. Desde luego que las
cuatro o cinco más grandes universidades del país no permitirán que su
prestigio corra estos riesgos; pero las grandes no pueden prescindir de esta
importante fuente de recursos financieros.
Coda. Finalmente en
la publicación, ya aprobada, ocupo el lugar del investigador principal. Me
viene en gracia la idea de autoría que el profesor A. tiene en mente. Y me
resulta demasiado allegado a la distribución de roles que caracteriza una
enorme mayoría de los trabajos en grupo que se desarrollan en todos los niveles
de estudio universitario, a manera de “estrategia pedagógica”.