miércoles, 11 de enero de 2017

¡No le dé pena!: deje que su texto saboree la miel de una buena corrección de estilo

Me ha sorprendido mi joven hermano periodista con la afirmación que dio motivó a esta nota. Conviene esbozar los antecedentes. He luchado desde siempre mi amor por la escritura en el entorno familiar. De ahí, mi hermano encontró el periodismo y lo hizo su profesión.
He acompañado su relación con la escritura toda la vida. Si uno no comparte sus secretos de oficio con su hermano, de qué le vale habérselos ganado a pulso a la vida. Naturalmente, se trata de una guía sutil pero permanente; de esa experiencia vital surgen dos de mis principales habilidades, mis servicios más preciados: mi laboratorio de escrituras científicas –un sistema de experimentos que diseñé para guiar a las personas que investigan en su proceso de apropiación del oficio de la escritura adecuándolo a las necesidades específicas de sus proyectos científicos– y mi apasionada corrección de estilo. Con el tiempo, mi hermano ha ido identificando sus temas, sus ritmos, sus temores, sus demonios, sus propios gajes del oficio.
La corrección de estilo es uno de esos oficios en los que el nombre se va sedimentando por el favor del “voz a voz”. Pero, al notar que son muy pocos los casos en los que él se ha prestado a que mi nombre circule por los nodos de su red y tomando en cuenta la manera desmedida en la que me expresaba su gratitud por la última corrección de estilo que realicé para él, me decidí a inquirirlo: “¿Por qué no le comenta a sus amigos de mis servicios?; convendría que comente con ellos los beneficios que ha obtenido de tenerme por su hermano”.
Entonces vino mi sorpresa. De la expresión desmedida de gratitud, pasó a comentarme, en un tono muy confidencial, íntimo, en voz bien baja: “lo que pasa es que a mí me daría pena contar que lo que escribo, siendo yo un periodista, necesita de corrección de estilo”. Admito que sentí dolor de cabeza, algo de enojo, algo de tristeza. Pero preferí hacer una pausa en la conversación y reflexionar sobre todas las implicaciones que se desprendían de la confesión sincera de mi hermano.
Siempre que leo los textos en los que unas personas se abrogan la potestad de reclamar a otros por la calidad de la escritura, reconozco que tal situación discursiva no contribuye ni a un diagnóstico del problema, ni aporta a su solución. Por demás, generalmente esas diatribas carecen de elegancia. ¿Qué utilidad tiene escribir esos análisis fallidos, que concluyen que menos del 5% de los colombianos saben escribir? El único beneficiado es quien escribe ese análisis, ya que, de fondo, hacerlo le permite situarse en la élite que de ahí resulta. No hay más valor ahí. Más allá, su valor es negativo, porque genera ese malentendido que mi hermano me hizo ver que está presente en él y en muchos de quienes contratan ese servicio bajo una actitud solapada y medio vergonzante.
A diferencia de tal tipo de analista, el corrector de estilo no es alguien que hace alarde de su conocimiento del oficio, sino alguien que lo pone al servicio de la gente que escribe; esas personas que un poco a tientas transitan la escritura. La escritura es un territorio existencial que siempre se transita un poco a tientas; y entre más se conoce el territorio más vasto y vertiginoso resulta. Por eso los correctores de estilo sabemos que el mejor autor no es el que no necesita corrector de estilo, sino el que más valora su función imprescindible.
Dar el texto a la fase de corrección de estilo antes de publicarlo es un gesto amable con el lector, es renunciar un poco al narcisismo; es comprender que la escritura es una forma muy civilizada de entrar en diálogo con otros. No basta con sacar de sí, no se trata simplemente de evacuar ideas en el papel cuya blancura evoca el performance de Duchamp; escribir es entregar, es darse, es donar lo mejor de sí. La corrección de estilo es un proceso que enfatiza la frase completa: “lo mejor de sí”.
Mi hermano hablaba de ser autónomo. Confundía “autonomía” con “narcicismo”. Un escritor es autónomo cuando ha comprendido que en su industria los productos atraviesan determinadas etapas. La intuición, la elaboración de la intuición, la primera redacción de un tono altamente expresivo, la fase neta de escritura (ajustar aquí y allí, depurar la tornillería, suavizar la estructura, administrar el sistema de señales). Entonces el texto está listo para ir a corrección de estilo.

El corrector acaricia la pieza e identifica zonas carrasposas, depresiones, detalles de proporción; lija un poco aquí, pule allá, ayuda a ver lo que el autor, tan compenetrado ya con su texto, jamás podría percibir. ¿Qué creerá mi hermano que es ser un actor autónomo?, ¿o la autonomía de un conductor de la fórmula 1? Las personas que arañan la escritura necesitan entender que la escritura es diálogo; es decir, sucede en relación con otros, con muchos otros...

El escritor y el economista: distopías de un “trabajo en equipo”

Conocí al profesor A. porque recibí un mensaje suyo a través de una red social diseñada para facilitar intercambios laborales. Es la única experiencia de trabajo que he desarrollado a partir de ese medio. Le gustó mi servicio sui generis: un sistema de experimentos diseñado para ayudar a que los investigadores incorporen la escritura a la cotidianidad de sus labores.

El profesor A. es un personaje singular. Enseña en una universidad de una ciudad intermedia del país. No tengo idea como llegó ahí, pero sé que no es precisamente por su naturaleza; sin embargo, me han llegado noticias superficiales de cierto aprecio de parte algunos de sus alumnos. Según entiendo el hombre es hijo de algún comerciante exitoso; pero, por los avatares de la relación entre Uribe y Chaves, de un día a otro toda la fortuna familiar se esfumó. Si hay maneras de tenerlo todo un día y al siguiente haberlo perdido, creo que este es un ejemplo de los más brutales: no se necesita una avalancha, o un terremoto, o una toma guerrillera… una determinación política puede ser más brutal que la naturaleza misma.

El profesor A. me escribió pidiéndome ayuda. “Necesito escribir un artículo científico y creo que usted podría colaborarme”, fue lo que me comentó cuando decidí responder con una llamada a su mensaje escrito. He ayudado a muchas personas a enfrentar los obstáculos que les impiden llevar a la escritura los conocimientos que desarrollan; he realizado esta función por muchos años. Le propuse que nos encontráramos para precisar lo que él necesitaba.

Nos reunimos en la cafetería de la universidad en la que estudia un doctorado en ciencias sociales. En ese momento aún no había entrado en la etapa en la que se es reconocido como candidato a doctor. Su plan es crear un centro de investigaciones o un instituto en la universidad de la que es profesor. Uno percibe cómo su inconsciente lo mueve a entender ese momento nefasto en el que pasó de ser el hijo de un hombre exitoso a ser el responsable circunstancial de la quiebra de su familia, sin que haya siquiera la posibilidad de narrar nada.

Me conmovió su historia. Sin embargo, la solicitud específica de servicio que me planteó no era acorde en nada con mi modelo de negocio. Resultaba más acorde con la actividad a la que se han dedicado dos personas allegadas: el cliente paga equis suma y a cambio recibe una tesis, una monografía, un ensayo para cierta materia o un artículo publicable bajo indicaciones básicas de tema y fuentes a referenciar. Este no es el servicio que a mí me interesa ofrecer. Me gusta más la idea de acompañar al otro en un proceso a través del cual llegue a comprender lo que ni el colegio, ni la universidad le han mostrado: la escritura. Una vez lo logre, podrá aportar su conocimiento con autonomía.

Cuando yo digo escritura pienso en Roland Barthes, pienso en Lacan: pienso en la letra como materia creativa. Diferencio escribir de redactar. En la redacción el lenguaje es un instrumento que la persona usa para un fin externo; por lo general, los cursos que ofrecen los centros de lenguaje se dirigen al problema de la redacción. En la escritura, el conocimiento de quien escribe toma forma y la forma del conocimiento es la finalidad de escribir; que el conocimiento adquiera la forma que le es inherente. En la medida en que la persona toma conciencia de esta diferencia, sus productos escritos van cambiando, se van enriqueciendo, la persona se involucra más con su palabra y los obstáculos que restan eficacia a la relación entre lo que se piensa y lo que se escribe empiezan a ceder, a quedar atrás.

El profesor A, siendo economista, más por la herencia identitaria de “hombre de negocios” que por haber cursado y aprobado los cursos de cierto pregrado, sí que encuentra un sentido instrumental en el lenguaje. Al punto que no siente ningún tipo de necesidad de ser él quien escribe, ni quien lee… Él contrata a los especialistas para que lo hagan; se aprovecha del ego del intelectual, lo estimula, pareciera mostrarse humilde ante el experto intelectual, pero en cualquier momento le suelta a uno la clásica: “yo soy una persona de resultados; yo no me distraigo en pendejadas”.

Le sugerí ponerse en contacto con los conocidos míos que encajan perfectamente con su lógica. Pero no quiso. Insistió en que trabajaría conmigo. Me prometió un lugar significativo en su proyecto de creación de un grupo, de un instituto o de un centro de consultorías: el cielo del negocio de las investigaciones… No me convenció, obviamente. Pero me preocupa mucho lo que representa esta personalidad para la producción de conocimiento en el país.

Por esos mismos días rondaron mi mundo dos situaciones allegadas a esta: un instituto, en el que trabajé antes como corrector de estilo, decidió formalizar una publicación seriada con el fin de sumar puntos ante Colciencias. Me llamaron para que apoyara con la corrección de estilo. El desarrollo del proyecto estaba en manos de una periodista y un bibliotecólogo: expertos en hacer indexar revistas. Gente de negocios, no cabe duda. Yo no estuve de acuerdo con obligar a que los artículos que se publicarían en la revista obedecieran el estilo de las normas APA. Por una razón muy sencilla: el campo de conocimiento en el que se inscribía la publicación era más acorde con otro estilo normativo y el estilo APA generaría restricciones a productos de investigación que serían más importantes para el campo que aquellos que se adecuaran a la normativa APA. Renuncié, yo había soñado esa revista para canalizar conocimientos valiosos; el Instituto sólo quería sumar ante Colciencias y APA ha mostrado ser el sistema mejor apreciado en los sistemas de puntuación. Una vez más, en razón de mis valores, me resistí a participar de ese tipo de operación. A mi juicio, entre más exitosa sea, mayor consideraré su fracaso.

Luego de eso vino todo el conflicto entre Colciencias y los humanistas. Pensé que mi choque con la revista pasaba de lo anecdótico, personal, a los histórico y político. Pocas semanas necesité para entender que el movimiento social era regulado para facilitar aún más ese proceso de alienación de la producción de conocimiento. La inconformidad de muchos es solo una oportunidad de mercado académico: abre una línea editorial y un mercado para ella. Un motivo publicitario favorable a la puesta en circulación de nuevos doctorados, pero advertidos de que ya no dispondrán de becas para hacerlos. De este modo, producir conocimiento no es algo que te permita vivir; es un privilegio por el que debes pagar.

El profesor A volvió a insistir. Decidí asumir su caso como un experimento. Esta crónica es el reporte de la investigación sustentada en ese experimento. Esta fue mi propuesta: págueme por tres horas de trabajo a la semana durante ocho semanas; y veremos qué logramos sacar de ahí, pero debemos trabajar en equipo. Me mostró la lista de temas que ha compilado a través de sus materias en el doctorado. De este menú, elegí un motivo allegado a mis intereses académicos. Me contó que de ese campo tenía un artículo en el que había trabajado una persona que le había cobrado un montón de plata y que de nada había servido porque en ninguna parte se lo habían publicado. Le di una mirada y le confirmé que no servía para nada; reorienté el título según mis intereses y lo sometí a su aprobación. Aceptó sin comentarios. Empecé a acopiar información necesaria para mi tema y dar una orientación metodológica. Le sugerí lecturas, para que pudiéramos sostener discusiones formales, lo animé a pensarse parte de un grupo de investigación… Lo suyo, decía, era ocuparse de la institucionalización del grupo… las “actividades directivas”, decía, “usted sabe”…

A las tres o cuatro semanas me di cuenta de que la investigación era mía, de que el artículo era mío, y de que estaba metido en un negocio del tipo al que acostumbraban a dedicarse mis amigos. ¿Podía devolverle el dinero, acudiendo al argumento de que no estaba cumpliendo con lo pactado? Claro; posiblemente ese sería el camino más adecuado. No obstante, mi experimento empezaba a dar resultados interesantes. El proceder y la mentalidad del profesor A. no son cosa inusual. Muchos directores de investigación se limitan a hacer lo que el profesor A. llama “actividades directivas”. Seguí adelante, como quien apuesta sin pensar en si ganará o no la partida.

Tomada la decisión surgieron dos vetas de valor que sí que justificaban avanzar: primero, el desarrollo del proyecto me llevaba a aprender sobre temas importantes para mi profesión y mis intereses académicos y políticos; y segundo, sin la tal “actividad directiva” los resultados de mi investigación quedarían relegados a la gaveta. Porque no es una investigación prioritaria en mi proyecto personal, ni siquiera ameritaría crear un blog para ella. Una nueva variable de análisis se abrió en mi experimento. Eso que el profesor A. llama actividad directiva, en realidad es secretarial, burocrática. Me da pereza dedicar mi tiempo a eso.

Seguí adelante con la investigación; pero el modo de proceder debió ser reelaborado. Mi idea de las tres horas semanales de asesoría en el proceso de escritura que debía emprender el profesor A, candidato a doctor, futuro director de un prestigioso centro de investigaciones quedó reducida a cero. Mientras que, bajo la mentalidad empresarial del profesor A. quien enseña que los directores son personas de resultados, y no escritores románticos, yo me había convertido en un proveedor incumplido: porque pasados dos meses (24 horas de trabajo) no le había entregado el producto prometido: un artículo publicable.

Me tomó tiempo entender. Me di a la tarea de realizar un artículo sobre un tema auxiliar para mí, pero necesario, útil. Me tomó un año más realizar esta investigación que realicé por hobbie. Una versión extensa del artículo quedó terminada a los diez meses, durante los cuales dediqué buena parte de mi tiempo libre. El profesor A. quería persuadirme de mil maneras de que le entregara ¡ya! el artículo, pero no estaba dispuesto a contratar mi servicio de investigador. Su argumento era que yo le había incumplido y que él me había pagado. Aun hoy día afirma que él “sí tiene palabra”. Yo no le respondo que si algo de palabra tiene no será palara escrita, ni tampoco leída.

Pensé que, como parte de sus actividades directivas, él contaba con una lista de profesionales de la traducción. Me presentó a un joven que se dedica a traducir facturas y pequeños documentos de géneros mercantiles. Era evidente que el profesor A no dispone de criterios para diferenciar el texto que resulta de una investigación, de otro mediante el que una persona identifica los pasos a seguir para armar un escritorio modular. Rápidamente me puse en contacto con una traductora adecuada al asunto. Le advertí que para que el texto tuviera un buen acabado necesitábamos de un corrector de estilo adecuado. Le mandó el texto a una bibliotecóloga cuyas opiniones lamentablemente no aportaron nada al texto; claramente su lectura no estaba enfocada en las necesidades de corrección de estilo que el texto tenía. Uno como autor presiente la necesidad del corrector de estilo, pero yo, que me he dedicado a la corrección de estilo por décadas, sé que jamás el autor podrá hacerse corrección de estilo a sí mismo. Busqué el corrector adecuado…

En diálogo con el corrector, finalmente identifiqué posibilidades de optimizar el artículo: temas de más, frases confusas, etcétera. Lo habitual.

Terminado el texto, el profesor A. consideró adecuado discutir el orden de aparición de los autores. A mí todavía me da curiosidad… ¿cómo es que una persona atraviesa la academia entera con una mirada como esa? Pero lo que más me inquieta es que me queda la sensación de que la estructura académica general del país está diseñada para que este tipo de dinámica sea corriente. Desde luego que las cuatro o cinco más grandes universidades del país no permitirán que su prestigio corra estos riesgos; pero las grandes no pueden prescindir de esta importante fuente de recursos financieros.


Coda. Finalmente en la publicación, ya aprobada, ocupo el lugar del investigador principal. Me viene en gracia la idea de autoría que el profesor A. tiene en mente. Y me resulta demasiado allegado a la distribución de roles que caracteriza una enorme mayoría de los trabajos en grupo que se desarrollan en todos los niveles de estudio universitario, a manera de “estrategia pedagógica”.

Generalidades sobre la problemática de mercadeo de la corrección de estilo

La denominación “corrector de estilo” es de por sí problemática. Muy rara vez he dado con personas que conozcan en rigor la función del corrector de estilo. Esta situación tiene causas. Decidí escribir este artículo para empezar a pensar la problemática general del oficio.
Hace casi 20 años recibí por primera vez el encargo de corregir estilo a un libro de investigación. Se trató de un proyecto editorial realizado por una fundación de antropólogos. Los autores, conscientes de la importancia estratégica que tiene la corrección de estilo en la realización de cualquier proyecto de producción de sentido, formaron un equipo de tres correctores: una estudiante de Literatura de la Universidad de los Andes, un estudiante de Literatura de la Universidad Nacional y un estudiante de Matemáticas, también de los Andes.
Siempre que alguien me pide rebaja, extraño tanto a esta pareja de investigadores ejemplares. La experiencia con ellos fue determinante en mi concepción del oficio. Las tres personas leíamos el texto y sugeríamos intervenciones conforme los criterios que en ese momento empezábamos a establecer. Los investigadores tomaban nota, no rechazaban ningún comentario, por el contrario preguntaban más y más hasta lograr conectar con las razones que uno tenía para considerar pertinente la sugerencia. Esta labor la hacíamos en reuniones de trabajo que podían durar tantas horas como fuera necesario. Si se requería, se pedían domicilios para seguir trabajando sin tener que parar para alimentarse. Tuvimos reuniones como ésta tres veces, luego de haber leído el libro completo cada vez y llegar con un ensayo descriptivo del texto, una lista de debilidades identificadas y la respectiva lista de sugerencias.
Como dije, lo que aprendí entonces sigue presente en la manera como afronto el servicio. Una cosa me resulta increíble: hoy, 20 años más tarde, me pagan exactamente lo mismo que me pagaban entonces, aunque mis competencias se han enriquecido en gran medida; esto indica que el trabajo como tal ha tenido que simplificarse y en cierto sentido degradarse. Difícilmente alguien entiende la objetividad que le aporta a la corrección de estilo que ésta sea realizada por un equipo; difícilmente el cliente comprenderá que para identificar el estilo del autor, en medio de la joya en bruto, hay que leer el texto un par de veces sin sucumbir a la tentación de intervenirlo antes de tener sobre él un dominio global. Por esta razón me impresiona el dato de lo que se paga en las grandes editoriales; y no puedo creer que haya gente que haga lo que yo entiendo por una “corrección de estilo” a esos precios. En el fondo, están pagando para que los dejen trabajar, en lugar de cobrar lo que por su trabajo merecen. Pero también eso me hace entender por qué hoy lo que se produce presenta debilidades tan serias a todo nivel.
Evidentemente, la comprensión del oficio se ha perdido; el protocolo de realización se desconoce. ¿Qué ha ocurrido para llegar a tan lamentable situación? Estoy seguro de que hay proyectos editoriales que mantienen los protocolos clásicos; pero este nivel es el de los circuitos más selectos de la producción de sentido. Lo que nos lleva a entender que lo que llamamos corrección de estilo es en realidad un vasto espectro de servicios diversos. Es un hecho: la denominación “corrector de estilo” puede interpretarse de demasiadas maneras. Recientemente se ha propuesto una nueva denominación: “asesor lingüístico”. Esta solución es parcial, funciona en un sentido pero en otro sólo es la evidencia que hacía falta para concretar la problemática del “corrector de estilo”. Sin embargo, si se piensa bien, puede suceder que un texto que ha necesitado el apoyo de un asesor lingüístico necesite también del corrector de estilo.
El problema es, pues, si no de jerarquías, de tensiones relativas a la división política de los conocimientos. Existen algunos correctores, especialmente los que se han formado en carreras como Lingüística y Filología, que abiertamente quieren diferenciarse de los correctores de estilo, porque lo que hacen es optimizar en términos de la Lingüística los textos sobre los cuales trabajan. Ya el profesional en Comunicación Social queda, en alguna medida, al margen de esta solución; porque aun cuando su principal material de trabajo es la escritura (aunque compita con la imagen visual, la función de la escritura en la producción de sentido es insustituible) difícilmente en el repertorio de materias que ha tomado en su etapa de formación tendrá un fuerte componente de lo que para el lingüista y el filólogo (incluyamos aquí, un poco a la fuerza, a los licenciados en lenguaje y en idiomas) ha sido el componente principal. El cuarto ámbito profesional que forma personas que logran un desempeño destacado en la corrección de estilo es el de los profesionales en Estudios Literarios.
Estas cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo permiten suponer clases específicas de servicio; y permiten también hacer conciencia sobre una debilidad fundamental: en ninguna de estas carreras se tiene vínculo alguno con la escritura de las Matemáticas. Tampoco quiero decir que sólo alguien que estudia una de estas carreras puede ser corrector de estilo; la relación de los filósofos, los politólogos, los juristas con el lenguaje es muchas veces tan intensa como la de los poetas y no dudo de que un poeta (dando a esta palabra todo su peso), aunque jamás haya pisado una escuela, podría ser un corrector de estilo destacado; así lo ha probado la historia. Pero no escribo aquí sobre las personalidades geniales.
Vamos por partes. Los problemas derivados de la total ausencia de cursos de Matemáticas en las mallas curriculares que atraviesan los lingüistas, los filólogos, los comunicadores o los profesionales en estudios literarios son de gran escala; son una razón para pensar. En general, los textos que producen los profesionales que de una u otra manera incorporan marcas propias del régimen escritural de las Matemáticas constituyen universos para los cuales no hay más corrector de estilo posible que un colega. Pero el colega no tiene el dominio de la escritura verbal que tiene el corrector de estilo. De allí surgen el ingeniero, el economista (que también es un ingeniero) o el administrador de empresas que creen que lo que tiene que hacer el corrector de estilo es ocuparse de “las tildes, los puntos, las comas y uno que otro detallito de la ortografía”; ese que cree que el servicio se puede negociar del mismo modo que una maquila de instalación de broches en la industria textil. Por esta razón es también casi imposible que un matemático dé su texto a un corrector de estilo. No sabe que aun cuando su sintaxis sea pensada con un rigor casi absoluto, existen posibilidades estilísticas que, de aprovecharse, ampliarían el radio de recepción de sus productos; pero es difícil que esa posibilidad se concrete mediante la corrección de estilo de alguien que no esté capacitado para abordar la episteme de la axiomática, los avatares del álgebra y la intimidad del diálogo entre el lenguaje gráfico y el lenguaje simbólico que, en ese contexto, se registra mediante lenguaje verbal. La visualización de la información, la analítica de datos y el discurso general de la Estadística son campos en los que la corrección de estilo se requiere y para los que el corrector de estilo requiere instrucción.
En cuanto a las cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo es oportuno  señalar sus diferencias radicales y sus pliegues compartidos. Por ejemplo, un lingüista tiene todo el poder para que la composición gramatical del texto, en términos tanto de morfología como de sintaxis, quede impecable. Si además tiene formación en sociolingüística es posible que asesore muy bien al autor o al encargado de la realización del proyecto para que el texto resulte rigurosamente adecuado a las características específicas de su lector ideal. Si es filólogo, el vínculo con el oficio tendrá un trabajo muy serio en términos de precisión discursiva; ya que el filólogo conoce bien la memoria de la que las palabras son portadoras. Esta habilidad casi mágica, tiene, eso sí, sus restricciones relativas a la segunda lengua en la que haya elegido hacer su énfasis. El comunicador social se caracteriza porque logra adecuar el texto a la situación comunicativa, logra analizar bien los factores discursivos que dan sentido al texto; pero su repertorio de servicios es tan extenso que difícilmente se dedicaría a la corrección de estilo; y su limitado dominio de la Lingüística podría llevarlo a sacrificar la precisión verbal en aras de lograr textos fáciles de leer.
La relación profesional con la corrección de estilo que me es más familiar es la del profesional en estudios literarios, porque es mi caso. La noción de “estilo”, es determinante en esa interpretación específica de la denominación. A ella tienden el análisis lingüístico, el análisis filológico y el análisis comunicativo que uno hace del texto mientras realiza la actividad. Los ingenieros, los publicistas, los diseñadores gráficos… no tienen la más mínima idea de lo agresiva que resulta la solicitud de limitar la labor a revisar tildes, puntos y comas. “Usted necesita un bachiller del programa ser pilo paga”, hay que decirles. El estilo no es un tema de ortografía… “¿Cómo te defino el «estilo»?” piensa uno. El ingeniero, bien consciente de las diferencias salariales, se adelanta y acude a una metáfora: “¡como quien va donde la estilista!; que le arregle las uñas, que le corte las puntas del cabello, que le delinee las patillas y las cejas…” Es interesante la propuesta, y si además uno piensa en los maquilladores de Hollywood, uno dice “bueno, casi, casi…” pero sabe uno que la idea no es pelear con el cliente. Sabe uno que la idea es educarlo, entonces le dice: “pero hay algunas diferencias que llevan a imprecisión a la metáfora”. Si la cuenta del caso se sostiene, uno puede intentar explicar el estilo mediante la realización misma de la actividad. Puede uno, por esa vía, llegar a hablar de precisión poética, de efecto psicológico, de nivel de persuasión, de consistencia argumentativa, de elegancia de la demostración… Poco a poco el cliente va entendiendo lo que es el estilo. Nunca, eso sí, nunca entenderá que la palabra “corrección” no tiene que ver con lo que en la escuela se llamaba corregir, o lo que hacen la mamá o el papá cuando el hijo comete un error. Por eso es casi imposible que entiendan que la corrección de estilo no se hace para “eliminar los errores”, sino para aprovechar todas las oportunidades que el texto ofrece para llegar a ser altamente eficaz; sin que se llegue así a su perfección. Porque, esto ya deberíamos saberlo todos: la perfección es cosa de Dios. El ingeniero al que me refiero no son todos, pero sí la versión más estándar.
Aún queda mucho por decir; es más: aún queda todo por decir. Pero creo que con lo escrito hasta aquí hay una discusión propuesta.

Para cerrar la historia: la experiencia de hace veinte años me hizo entender que, si se quiere asesorar a cualquier persona a escribir lo que necesite escribir, es preciso tener cierto dominio del comportamiento de la escritura en el terreno de las Matemáticas. No basta estudiar las orientaciones que al respecto ofrece la Real Academia de la Lengua tanto en su Gramática como en su Ortografía; muchas de esas orientaciones carecen del sustento operativo que las justifica en términos de estilo. La experiencia también me permitió saber que la idea de estilo que se desarrolla en la carrera de Literatura de la Universidad de los Andes es diferente a la que se desarrolla en la misma carrera en la Universidad Nacional, y son claras las diferencias: en los Andes hay talleres que permiten que los estudiantes se acerquen al dominio de la escritura creativa, mientras que la Nacional tiene una relación más teórica con las marcas estilísticas de los textos. Los profesionales en estudios literarios que he conocido de la Javeriana me parece que tienen una formación más allegada al mercado editorial y a la observación crítica de los textos. Así, también de ahí se pueden derivar especificidades para las múltiples interpretaciones que puede tomar el oficio. A veces he dado con bibliotecólogos que también ofrecen la corrección de estilo, pero esta variación casi siempre me ha parecido arriesgada. En cambio los psicólogos que me he topado en el camino son interesantes: más aun los que han optado por el Psicoanálisis; los que llegan al tema de la escritura por el sendero de la Pedagogía o de la Psicología Cognitiva, suelen resultar demasiado apegados a la idea de lo que está bien y lo que está mal, es decir: de la sumisión a la norma. Esta rigidez de psicólogos, a la larga, destruye el estilo del autor; siendo que de lo que se trata es de acompañarlo en el camino hacia la consolidación de su estilo, de su imagen verbal, de su marca de autor; o de la marca, cuando se trata de una empresa.