miércoles, 11 de enero de 2017

El escritor y el economista: distopías de un “trabajo en equipo”

Conocí al profesor A. porque recibí un mensaje suyo a través de una red social diseñada para facilitar intercambios laborales. Es la única experiencia de trabajo que he desarrollado a partir de ese medio. Le gustó mi servicio sui generis: un sistema de experimentos diseñado para ayudar a que los investigadores incorporen la escritura a la cotidianidad de sus labores.

El profesor A. es un personaje singular. Enseña en una universidad de una ciudad intermedia del país. No tengo idea como llegó ahí, pero sé que no es precisamente por su naturaleza; sin embargo, me han llegado noticias superficiales de cierto aprecio de parte algunos de sus alumnos. Según entiendo el hombre es hijo de algún comerciante exitoso; pero, por los avatares de la relación entre Uribe y Chaves, de un día a otro toda la fortuna familiar se esfumó. Si hay maneras de tenerlo todo un día y al siguiente haberlo perdido, creo que este es un ejemplo de los más brutales: no se necesita una avalancha, o un terremoto, o una toma guerrillera… una determinación política puede ser más brutal que la naturaleza misma.

El profesor A. me escribió pidiéndome ayuda. “Necesito escribir un artículo científico y creo que usted podría colaborarme”, fue lo que me comentó cuando decidí responder con una llamada a su mensaje escrito. He ayudado a muchas personas a enfrentar los obstáculos que les impiden llevar a la escritura los conocimientos que desarrollan; he realizado esta función por muchos años. Le propuse que nos encontráramos para precisar lo que él necesitaba.

Nos reunimos en la cafetería de la universidad en la que estudia un doctorado en ciencias sociales. En ese momento aún no había entrado en la etapa en la que se es reconocido como candidato a doctor. Su plan es crear un centro de investigaciones o un instituto en la universidad de la que es profesor. Uno percibe cómo su inconsciente lo mueve a entender ese momento nefasto en el que pasó de ser el hijo de un hombre exitoso a ser el responsable circunstancial de la quiebra de su familia, sin que haya siquiera la posibilidad de narrar nada.

Me conmovió su historia. Sin embargo, la solicitud específica de servicio que me planteó no era acorde en nada con mi modelo de negocio. Resultaba más acorde con la actividad a la que se han dedicado dos personas allegadas: el cliente paga equis suma y a cambio recibe una tesis, una monografía, un ensayo para cierta materia o un artículo publicable bajo indicaciones básicas de tema y fuentes a referenciar. Este no es el servicio que a mí me interesa ofrecer. Me gusta más la idea de acompañar al otro en un proceso a través del cual llegue a comprender lo que ni el colegio, ni la universidad le han mostrado: la escritura. Una vez lo logre, podrá aportar su conocimiento con autonomía.

Cuando yo digo escritura pienso en Roland Barthes, pienso en Lacan: pienso en la letra como materia creativa. Diferencio escribir de redactar. En la redacción el lenguaje es un instrumento que la persona usa para un fin externo; por lo general, los cursos que ofrecen los centros de lenguaje se dirigen al problema de la redacción. En la escritura, el conocimiento de quien escribe toma forma y la forma del conocimiento es la finalidad de escribir; que el conocimiento adquiera la forma que le es inherente. En la medida en que la persona toma conciencia de esta diferencia, sus productos escritos van cambiando, se van enriqueciendo, la persona se involucra más con su palabra y los obstáculos que restan eficacia a la relación entre lo que se piensa y lo que se escribe empiezan a ceder, a quedar atrás.

El profesor A, siendo economista, más por la herencia identitaria de “hombre de negocios” que por haber cursado y aprobado los cursos de cierto pregrado, sí que encuentra un sentido instrumental en el lenguaje. Al punto que no siente ningún tipo de necesidad de ser él quien escribe, ni quien lee… Él contrata a los especialistas para que lo hagan; se aprovecha del ego del intelectual, lo estimula, pareciera mostrarse humilde ante el experto intelectual, pero en cualquier momento le suelta a uno la clásica: “yo soy una persona de resultados; yo no me distraigo en pendejadas”.

Le sugerí ponerse en contacto con los conocidos míos que encajan perfectamente con su lógica. Pero no quiso. Insistió en que trabajaría conmigo. Me prometió un lugar significativo en su proyecto de creación de un grupo, de un instituto o de un centro de consultorías: el cielo del negocio de las investigaciones… No me convenció, obviamente. Pero me preocupa mucho lo que representa esta personalidad para la producción de conocimiento en el país.

Por esos mismos días rondaron mi mundo dos situaciones allegadas a esta: un instituto, en el que trabajé antes como corrector de estilo, decidió formalizar una publicación seriada con el fin de sumar puntos ante Colciencias. Me llamaron para que apoyara con la corrección de estilo. El desarrollo del proyecto estaba en manos de una periodista y un bibliotecólogo: expertos en hacer indexar revistas. Gente de negocios, no cabe duda. Yo no estuve de acuerdo con obligar a que los artículos que se publicarían en la revista obedecieran el estilo de las normas APA. Por una razón muy sencilla: el campo de conocimiento en el que se inscribía la publicación era más acorde con otro estilo normativo y el estilo APA generaría restricciones a productos de investigación que serían más importantes para el campo que aquellos que se adecuaran a la normativa APA. Renuncié, yo había soñado esa revista para canalizar conocimientos valiosos; el Instituto sólo quería sumar ante Colciencias y APA ha mostrado ser el sistema mejor apreciado en los sistemas de puntuación. Una vez más, en razón de mis valores, me resistí a participar de ese tipo de operación. A mi juicio, entre más exitosa sea, mayor consideraré su fracaso.

Luego de eso vino todo el conflicto entre Colciencias y los humanistas. Pensé que mi choque con la revista pasaba de lo anecdótico, personal, a los histórico y político. Pocas semanas necesité para entender que el movimiento social era regulado para facilitar aún más ese proceso de alienación de la producción de conocimiento. La inconformidad de muchos es solo una oportunidad de mercado académico: abre una línea editorial y un mercado para ella. Un motivo publicitario favorable a la puesta en circulación de nuevos doctorados, pero advertidos de que ya no dispondrán de becas para hacerlos. De este modo, producir conocimiento no es algo que te permita vivir; es un privilegio por el que debes pagar.

El profesor A volvió a insistir. Decidí asumir su caso como un experimento. Esta crónica es el reporte de la investigación sustentada en ese experimento. Esta fue mi propuesta: págueme por tres horas de trabajo a la semana durante ocho semanas; y veremos qué logramos sacar de ahí, pero debemos trabajar en equipo. Me mostró la lista de temas que ha compilado a través de sus materias en el doctorado. De este menú, elegí un motivo allegado a mis intereses académicos. Me contó que de ese campo tenía un artículo en el que había trabajado una persona que le había cobrado un montón de plata y que de nada había servido porque en ninguna parte se lo habían publicado. Le di una mirada y le confirmé que no servía para nada; reorienté el título según mis intereses y lo sometí a su aprobación. Aceptó sin comentarios. Empecé a acopiar información necesaria para mi tema y dar una orientación metodológica. Le sugerí lecturas, para que pudiéramos sostener discusiones formales, lo animé a pensarse parte de un grupo de investigación… Lo suyo, decía, era ocuparse de la institucionalización del grupo… las “actividades directivas”, decía, “usted sabe”…

A las tres o cuatro semanas me di cuenta de que la investigación era mía, de que el artículo era mío, y de que estaba metido en un negocio del tipo al que acostumbraban a dedicarse mis amigos. ¿Podía devolverle el dinero, acudiendo al argumento de que no estaba cumpliendo con lo pactado? Claro; posiblemente ese sería el camino más adecuado. No obstante, mi experimento empezaba a dar resultados interesantes. El proceder y la mentalidad del profesor A. no son cosa inusual. Muchos directores de investigación se limitan a hacer lo que el profesor A. llama “actividades directivas”. Seguí adelante, como quien apuesta sin pensar en si ganará o no la partida.

Tomada la decisión surgieron dos vetas de valor que sí que justificaban avanzar: primero, el desarrollo del proyecto me llevaba a aprender sobre temas importantes para mi profesión y mis intereses académicos y políticos; y segundo, sin la tal “actividad directiva” los resultados de mi investigación quedarían relegados a la gaveta. Porque no es una investigación prioritaria en mi proyecto personal, ni siquiera ameritaría crear un blog para ella. Una nueva variable de análisis se abrió en mi experimento. Eso que el profesor A. llama actividad directiva, en realidad es secretarial, burocrática. Me da pereza dedicar mi tiempo a eso.

Seguí adelante con la investigación; pero el modo de proceder debió ser reelaborado. Mi idea de las tres horas semanales de asesoría en el proceso de escritura que debía emprender el profesor A, candidato a doctor, futuro director de un prestigioso centro de investigaciones quedó reducida a cero. Mientras que, bajo la mentalidad empresarial del profesor A. quien enseña que los directores son personas de resultados, y no escritores románticos, yo me había convertido en un proveedor incumplido: porque pasados dos meses (24 horas de trabajo) no le había entregado el producto prometido: un artículo publicable.

Me tomó tiempo entender. Me di a la tarea de realizar un artículo sobre un tema auxiliar para mí, pero necesario, útil. Me tomó un año más realizar esta investigación que realicé por hobbie. Una versión extensa del artículo quedó terminada a los diez meses, durante los cuales dediqué buena parte de mi tiempo libre. El profesor A. quería persuadirme de mil maneras de que le entregara ¡ya! el artículo, pero no estaba dispuesto a contratar mi servicio de investigador. Su argumento era que yo le había incumplido y que él me había pagado. Aun hoy día afirma que él “sí tiene palabra”. Yo no le respondo que si algo de palabra tiene no será palara escrita, ni tampoco leída.

Pensé que, como parte de sus actividades directivas, él contaba con una lista de profesionales de la traducción. Me presentó a un joven que se dedica a traducir facturas y pequeños documentos de géneros mercantiles. Era evidente que el profesor A no dispone de criterios para diferenciar el texto que resulta de una investigación, de otro mediante el que una persona identifica los pasos a seguir para armar un escritorio modular. Rápidamente me puse en contacto con una traductora adecuada al asunto. Le advertí que para que el texto tuviera un buen acabado necesitábamos de un corrector de estilo adecuado. Le mandó el texto a una bibliotecóloga cuyas opiniones lamentablemente no aportaron nada al texto; claramente su lectura no estaba enfocada en las necesidades de corrección de estilo que el texto tenía. Uno como autor presiente la necesidad del corrector de estilo, pero yo, que me he dedicado a la corrección de estilo por décadas, sé que jamás el autor podrá hacerse corrección de estilo a sí mismo. Busqué el corrector adecuado…

En diálogo con el corrector, finalmente identifiqué posibilidades de optimizar el artículo: temas de más, frases confusas, etcétera. Lo habitual.

Terminado el texto, el profesor A. consideró adecuado discutir el orden de aparición de los autores. A mí todavía me da curiosidad… ¿cómo es que una persona atraviesa la academia entera con una mirada como esa? Pero lo que más me inquieta es que me queda la sensación de que la estructura académica general del país está diseñada para que este tipo de dinámica sea corriente. Desde luego que las cuatro o cinco más grandes universidades del país no permitirán que su prestigio corra estos riesgos; pero las grandes no pueden prescindir de esta importante fuente de recursos financieros.


Coda. Finalmente en la publicación, ya aprobada, ocupo el lugar del investigador principal. Me viene en gracia la idea de autoría que el profesor A. tiene en mente. Y me resulta demasiado allegado a la distribución de roles que caracteriza una enorme mayoría de los trabajos en grupo que se desarrollan en todos los niveles de estudio universitario, a manera de “estrategia pedagógica”.

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