miércoles, 11 de enero de 2017

Generalidades sobre la problemática de mercadeo de la corrección de estilo

La denominación “corrector de estilo” es de por sí problemática. Muy rara vez he dado con personas que conozcan en rigor la función del corrector de estilo. Esta situación tiene causas. Decidí escribir este artículo para empezar a pensar la problemática general del oficio.
Hace casi 20 años recibí por primera vez el encargo de corregir estilo a un libro de investigación. Se trató de un proyecto editorial realizado por una fundación de antropólogos. Los autores, conscientes de la importancia estratégica que tiene la corrección de estilo en la realización de cualquier proyecto de producción de sentido, formaron un equipo de tres correctores: una estudiante de Literatura de la Universidad de los Andes, un estudiante de Literatura de la Universidad Nacional y un estudiante de Matemáticas, también de los Andes.
Siempre que alguien me pide rebaja, extraño tanto a esta pareja de investigadores ejemplares. La experiencia con ellos fue determinante en mi concepción del oficio. Las tres personas leíamos el texto y sugeríamos intervenciones conforme los criterios que en ese momento empezábamos a establecer. Los investigadores tomaban nota, no rechazaban ningún comentario, por el contrario preguntaban más y más hasta lograr conectar con las razones que uno tenía para considerar pertinente la sugerencia. Esta labor la hacíamos en reuniones de trabajo que podían durar tantas horas como fuera necesario. Si se requería, se pedían domicilios para seguir trabajando sin tener que parar para alimentarse. Tuvimos reuniones como ésta tres veces, luego de haber leído el libro completo cada vez y llegar con un ensayo descriptivo del texto, una lista de debilidades identificadas y la respectiva lista de sugerencias.
Como dije, lo que aprendí entonces sigue presente en la manera como afronto el servicio. Una cosa me resulta increíble: hoy, 20 años más tarde, me pagan exactamente lo mismo que me pagaban entonces, aunque mis competencias se han enriquecido en gran medida; esto indica que el trabajo como tal ha tenido que simplificarse y en cierto sentido degradarse. Difícilmente alguien entiende la objetividad que le aporta a la corrección de estilo que ésta sea realizada por un equipo; difícilmente el cliente comprenderá que para identificar el estilo del autor, en medio de la joya en bruto, hay que leer el texto un par de veces sin sucumbir a la tentación de intervenirlo antes de tener sobre él un dominio global. Por esta razón me impresiona el dato de lo que se paga en las grandes editoriales; y no puedo creer que haya gente que haga lo que yo entiendo por una “corrección de estilo” a esos precios. En el fondo, están pagando para que los dejen trabajar, en lugar de cobrar lo que por su trabajo merecen. Pero también eso me hace entender por qué hoy lo que se produce presenta debilidades tan serias a todo nivel.
Evidentemente, la comprensión del oficio se ha perdido; el protocolo de realización se desconoce. ¿Qué ha ocurrido para llegar a tan lamentable situación? Estoy seguro de que hay proyectos editoriales que mantienen los protocolos clásicos; pero este nivel es el de los circuitos más selectos de la producción de sentido. Lo que nos lleva a entender que lo que llamamos corrección de estilo es en realidad un vasto espectro de servicios diversos. Es un hecho: la denominación “corrector de estilo” puede interpretarse de demasiadas maneras. Recientemente se ha propuesto una nueva denominación: “asesor lingüístico”. Esta solución es parcial, funciona en un sentido pero en otro sólo es la evidencia que hacía falta para concretar la problemática del “corrector de estilo”. Sin embargo, si se piensa bien, puede suceder que un texto que ha necesitado el apoyo de un asesor lingüístico necesite también del corrector de estilo.
El problema es, pues, si no de jerarquías, de tensiones relativas a la división política de los conocimientos. Existen algunos correctores, especialmente los que se han formado en carreras como Lingüística y Filología, que abiertamente quieren diferenciarse de los correctores de estilo, porque lo que hacen es optimizar en términos de la Lingüística los textos sobre los cuales trabajan. Ya el profesional en Comunicación Social queda, en alguna medida, al margen de esta solución; porque aun cuando su principal material de trabajo es la escritura (aunque compita con la imagen visual, la función de la escritura en la producción de sentido es insustituible) difícilmente en el repertorio de materias que ha tomado en su etapa de formación tendrá un fuerte componente de lo que para el lingüista y el filólogo (incluyamos aquí, un poco a la fuerza, a los licenciados en lenguaje y en idiomas) ha sido el componente principal. El cuarto ámbito profesional que forma personas que logran un desempeño destacado en la corrección de estilo es el de los profesionales en Estudios Literarios.
Estas cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo permiten suponer clases específicas de servicio; y permiten también hacer conciencia sobre una debilidad fundamental: en ninguna de estas carreras se tiene vínculo alguno con la escritura de las Matemáticas. Tampoco quiero decir que sólo alguien que estudia una de estas carreras puede ser corrector de estilo; la relación de los filósofos, los politólogos, los juristas con el lenguaje es muchas veces tan intensa como la de los poetas y no dudo de que un poeta (dando a esta palabra todo su peso), aunque jamás haya pisado una escuela, podría ser un corrector de estilo destacado; así lo ha probado la historia. Pero no escribo aquí sobre las personalidades geniales.
Vamos por partes. Los problemas derivados de la total ausencia de cursos de Matemáticas en las mallas curriculares que atraviesan los lingüistas, los filólogos, los comunicadores o los profesionales en estudios literarios son de gran escala; son una razón para pensar. En general, los textos que producen los profesionales que de una u otra manera incorporan marcas propias del régimen escritural de las Matemáticas constituyen universos para los cuales no hay más corrector de estilo posible que un colega. Pero el colega no tiene el dominio de la escritura verbal que tiene el corrector de estilo. De allí surgen el ingeniero, el economista (que también es un ingeniero) o el administrador de empresas que creen que lo que tiene que hacer el corrector de estilo es ocuparse de “las tildes, los puntos, las comas y uno que otro detallito de la ortografía”; ese que cree que el servicio se puede negociar del mismo modo que una maquila de instalación de broches en la industria textil. Por esta razón es también casi imposible que un matemático dé su texto a un corrector de estilo. No sabe que aun cuando su sintaxis sea pensada con un rigor casi absoluto, existen posibilidades estilísticas que, de aprovecharse, ampliarían el radio de recepción de sus productos; pero es difícil que esa posibilidad se concrete mediante la corrección de estilo de alguien que no esté capacitado para abordar la episteme de la axiomática, los avatares del álgebra y la intimidad del diálogo entre el lenguaje gráfico y el lenguaje simbólico que, en ese contexto, se registra mediante lenguaje verbal. La visualización de la información, la analítica de datos y el discurso general de la Estadística son campos en los que la corrección de estilo se requiere y para los que el corrector de estilo requiere instrucción.
En cuanto a las cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo es oportuno  señalar sus diferencias radicales y sus pliegues compartidos. Por ejemplo, un lingüista tiene todo el poder para que la composición gramatical del texto, en términos tanto de morfología como de sintaxis, quede impecable. Si además tiene formación en sociolingüística es posible que asesore muy bien al autor o al encargado de la realización del proyecto para que el texto resulte rigurosamente adecuado a las características específicas de su lector ideal. Si es filólogo, el vínculo con el oficio tendrá un trabajo muy serio en términos de precisión discursiva; ya que el filólogo conoce bien la memoria de la que las palabras son portadoras. Esta habilidad casi mágica, tiene, eso sí, sus restricciones relativas a la segunda lengua en la que haya elegido hacer su énfasis. El comunicador social se caracteriza porque logra adecuar el texto a la situación comunicativa, logra analizar bien los factores discursivos que dan sentido al texto; pero su repertorio de servicios es tan extenso que difícilmente se dedicaría a la corrección de estilo; y su limitado dominio de la Lingüística podría llevarlo a sacrificar la precisión verbal en aras de lograr textos fáciles de leer.
La relación profesional con la corrección de estilo que me es más familiar es la del profesional en estudios literarios, porque es mi caso. La noción de “estilo”, es determinante en esa interpretación específica de la denominación. A ella tienden el análisis lingüístico, el análisis filológico y el análisis comunicativo que uno hace del texto mientras realiza la actividad. Los ingenieros, los publicistas, los diseñadores gráficos… no tienen la más mínima idea de lo agresiva que resulta la solicitud de limitar la labor a revisar tildes, puntos y comas. “Usted necesita un bachiller del programa ser pilo paga”, hay que decirles. El estilo no es un tema de ortografía… “¿Cómo te defino el «estilo»?” piensa uno. El ingeniero, bien consciente de las diferencias salariales, se adelanta y acude a una metáfora: “¡como quien va donde la estilista!; que le arregle las uñas, que le corte las puntas del cabello, que le delinee las patillas y las cejas…” Es interesante la propuesta, y si además uno piensa en los maquilladores de Hollywood, uno dice “bueno, casi, casi…” pero sabe uno que la idea no es pelear con el cliente. Sabe uno que la idea es educarlo, entonces le dice: “pero hay algunas diferencias que llevan a imprecisión a la metáfora”. Si la cuenta del caso se sostiene, uno puede intentar explicar el estilo mediante la realización misma de la actividad. Puede uno, por esa vía, llegar a hablar de precisión poética, de efecto psicológico, de nivel de persuasión, de consistencia argumentativa, de elegancia de la demostración… Poco a poco el cliente va entendiendo lo que es el estilo. Nunca, eso sí, nunca entenderá que la palabra “corrección” no tiene que ver con lo que en la escuela se llamaba corregir, o lo que hacen la mamá o el papá cuando el hijo comete un error. Por eso es casi imposible que entiendan que la corrección de estilo no se hace para “eliminar los errores”, sino para aprovechar todas las oportunidades que el texto ofrece para llegar a ser altamente eficaz; sin que se llegue así a su perfección. Porque, esto ya deberíamos saberlo todos: la perfección es cosa de Dios. El ingeniero al que me refiero no son todos, pero sí la versión más estándar.
Aún queda mucho por decir; es más: aún queda todo por decir. Pero creo que con lo escrito hasta aquí hay una discusión propuesta.

Para cerrar la historia: la experiencia de hace veinte años me hizo entender que, si se quiere asesorar a cualquier persona a escribir lo que necesite escribir, es preciso tener cierto dominio del comportamiento de la escritura en el terreno de las Matemáticas. No basta estudiar las orientaciones que al respecto ofrece la Real Academia de la Lengua tanto en su Gramática como en su Ortografía; muchas de esas orientaciones carecen del sustento operativo que las justifica en términos de estilo. La experiencia también me permitió saber que la idea de estilo que se desarrolla en la carrera de Literatura de la Universidad de los Andes es diferente a la que se desarrolla en la misma carrera en la Universidad Nacional, y son claras las diferencias: en los Andes hay talleres que permiten que los estudiantes se acerquen al dominio de la escritura creativa, mientras que la Nacional tiene una relación más teórica con las marcas estilísticas de los textos. Los profesionales en estudios literarios que he conocido de la Javeriana me parece que tienen una formación más allegada al mercado editorial y a la observación crítica de los textos. Así, también de ahí se pueden derivar especificidades para las múltiples interpretaciones que puede tomar el oficio. A veces he dado con bibliotecólogos que también ofrecen la corrección de estilo, pero esta variación casi siempre me ha parecido arriesgada. En cambio los psicólogos que me he topado en el camino son interesantes: más aun los que han optado por el Psicoanálisis; los que llegan al tema de la escritura por el sendero de la Pedagogía o de la Psicología Cognitiva, suelen resultar demasiado apegados a la idea de lo que está bien y lo que está mal, es decir: de la sumisión a la norma. Esta rigidez de psicólogos, a la larga, destruye el estilo del autor; siendo que de lo que se trata es de acompañarlo en el camino hacia la consolidación de su estilo, de su imagen verbal, de su marca de autor; o de la marca, cuando se trata de una empresa.

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